Antía y la caja mágica del bosque

ANTÍA Y LA CAJA MÁGICA DEL BOSQUE

Erase una vez una niña llamada Antía. Antía tiene 6 años y está de vacaciones en el pueblo de la infancia de su papá en un lugar del norte, dónde la brisa fresca del mar se siente por la mañana y descansa a mediodía  para volver por la tarde y colarse entre grandes prados verdes y enormes montañas.

Una tarde después de jugar, cuando regresó  a la gran casona de piedra de sus abuelos, Marku, su abuela, la llamó: – Acércate Antía quiero contarte una cosa- y Antía que sabía que su abuela siempre contaba buenas historias fue al lugar en el que esta se encontraba. 

-Quiero mostrarte una foto.- en la imagen aparecían su papá, cuando era un niño,  junto con los abuelos en un bello y mágico bosque.

– ¿Dónde está ese lugar abuela? ¿Qué hacíais allí? ¿Papá era entonces como yo? Y ¿De verdad esa eres tú?.- Antía tenía muchas preguntas.

Su abuela sonrío y acto seguido le dijo: .- Ponte aquí a mi lado, te lo voy a contar todo: “Una mañana fresca y soleada de principios de septiembre, cuando papá era más o menos como tú, el abuelo, papá y yo fuimos hasta este bosque a visitar a unos amigos. Tu padre llevaba su caja de los secretos con el propósito de esconderla en algún lugar.  Después de mucho caminar llegamos hasta un recodo del camino en el que había  un gran y anciano roble. Los tres nos quedamos maravillados. Tu papá vio un gran lagarto subiendo rápidamente por el tronco e intentó cogerlo, pero el animal fue más rápido y no consiguió alcanzarlo, desapareciendo tras la ramas. “Aquí guardaré mi caja con todos mis secretos y cuando sea mayor, vendré a buscarla”

–  ¡Ay abuela!.- interrumpió Antía- como una capsula del tiempo…

–  Así la llaman ahora.

– ¿Y que pasó después?

– Pues que tu papá enterró allí su caja de lata con ilustraciones de sus dibujos favoritos.

– ¿Y qué había dentro? ¿Qué había dentro abuela?

– Ah eso es un secreto que sólo podrá desvelarse si se encuentra la caja.

– ¡Yo quiero ir a buscar la caja abuela, yo quiero ir!

– Se lo diremos a tu padre, ¿De acuerdo?

– ¡¡¡Síiii!!!.

A la mañana siguiente Antía y su papá cogieron sus bicis y emprendieron camino hacia ese bonito bosque en el que estaba guardada la caja desde hacía muchos años.

La bicicleta de Antía era pequeñita, adaptada a su tamaño, con un cesta en la parte delantera. La de su papá era de mayor tamaño, como su papá. Recorrieron caminos rodeados de muchos árboles: robles, manzanos, castaños…También se encontraron con otros paseantes; unos iban bicicleta y otros andando. Aquél camino que estaban recorriendo, le había contado su papá que era una vía verde. “¿Y qué es una vía verde papá?”  Había preguntado Antía. Una vía verde era una antigua vía por dónde pasaba el tren, le había contado su padre.

Antía iba pedaleando feliz, al lado de su papá que tenía cuidado y le ayudaba a subir cuando el camino se hacia un poco cuesta arriba. Todo iba bien hasta que llegaron a un túnel. Desde fuera se veía oscuro y Antía cambió el gesto, parando en seco la bicicleta.

– ¿Tenemos que ir por aquí papá? Está oscuro.

– Sí Antía, no hay otro camino. En cuanto demos unos pasos y nos adentremos en el túnel las luces se encenderán  y podremos ver.

– No me gusta que esté oscuro papá…

– Lo sé pequeña.- le dijo su padre acercando su bici a la de ella.- Probemos a entrar unos metros.- Efectivamente al entrar en el túnel las luces se encendieron y Antía se sintió mejor. No obstante, apenas había dado unas pedaladas más observó la longitud del túnel y que las luces apenas arrojaban luz suficiente para atravesarlo. Antía dejó de pedalear de nuevo. 

– No quiero continuar papá, tengo miedo. –Su papá bajo de la bici y rodeó con sus brazos a Antía.

– Sabes, es normal tener miedo. Cuando yo pasé por aquí y era como tú también tenía miedo. Entonces este túnel aún no estaba iluminado y no se veía nada.

-¿Y que paso papá?

– Pues que la abuela sacó una linterna, pero aún así continuaba sin verse muy bien, más o menos como ahora.

– ¿Y que hiciste papá?

– Pues seguí con los abuelos caminando.

– Y el miedo se te pasó ¿verdad?

-No hija, el miedo no se me pasó. Tuve miedo todo el camino hasta llegar al final y ver la luz del día. 

– Y entonces, ¿Por qué no os disteis la vuelta?.

– Porque de haber actuado así nunca hubiese encontrado ese rincón mágico que vimos y en el que escondí mi caja.

– Pero la hubieses escondido en otro lugar…

– Es cierto Antía, sin embargo el lugar al que nos dirigíamos estaba en el otro extremo de este túnel y no antes. Si me hubiese dado la vuelta nunca hubiese sabido que había allí. 

– ¿Entonces siempre hay que ir a todos los lados y hacer todas las cosas aunque nos den miedo?.

– No todas Antía. El miedo también está para protegernos y decirnos donde no ir o que no hacer. Pero hay veces, como esta, en las que si dejamos de hacer cosas importantes por miedo nos perderemos esas cosas. Además Antía yo estaré contigo todo el trayecto. Si quieres pondré mi mano sobre tu hombro mientras vamos pedaleando.- Antía asintió y medio convencida volvió a pedalear. Sentía la mano protectora de su padre posada suavemente en su hombro. El túnel es largo pensó”, y sentía muchas cosquillas en su barriga, casi no se atrevía mirar a los lados para no tener más miedo aún. Su padre mientras le hablaba con voz calmada. Ya estamos llegando al final del túnel Antía”, y efectivamente a pocos pasos estaba la salida y la luz se hizo al salir.

A unos 10 metros del túnel encontraron el anciano roble. Antía dejó de sentir miedo y dijo contenta.- Papá, ¿Es este tu roble? Su padre asintió y ambos acercaron sus bicis hasta allí.

Tras mucho escarbar encontraron la caja. Antía gritó de felicidad y la abrieron emocionados. 

– Menos mal que hemos atravesado el túnel papá…

Y… ¿Qué encontraron dentro de la caja? Ssssschchch. Eso es un secreto. 

A veces hay que caminar con miedo, si lo que nos espera al otro lado es valioso.

Este es un cuento sobre la  educación y regulación emocional del miedo desde una perspectiva no patologizadora y  para una crianza sana en la que no se niegan e invalidan las emociones. La invalidación emocional (la negación sistemática de lo que se siente) durante la infancia y la adolescencia configura un patrón dañino que puede derivar en problemas emocionales en la edad adulta. En los talleres de crianza sana algunas veces padres y madres me preguntan sobre cuentos que trabajan las emociones, y aunque siempre digo que la mejor forma de trabajar las emociones es en la vida diaria, con ejemplos reales, este cuento pretende cumplir en gran medida este objetivo, dado que:

a) A través del cuento se ejemplifica cómo llevar a cabo esta regulación en muchas situaciones que se dan en la vida cotidiana. Hay que tener en cuenta que Antía ya sabe reconocer emociones (tiene miedo) para llegar hasta ahí es necesario otras intervenciones previas que enseñen a:

1)Contactar con esas emociones.

2)Etiquetarlas. identificarlas y posteriormente reconocerlas.

b) Leer el cuento a la propia niña o niño. De esta forma a través del personaje de Antía, y enmarcado en una crianza en este sentido, se aprende a concebir el miedo como una emoción que forma parte de la vida.

Si estás interesad@ en saber más sobre crianza sana puedes hacerlo accediendo aquí.

Si quieres, junto con un grupo de padres, madres y/o profesionales de la Educación poner en marcha un taller puede que te interese esto: Talleres Crianza Sana.  (pincha sobre este enlace).