¡Yo sólo quiero ser feliz! La felicidad como meta

Yo sólo quiero ser feliz, decía alguien el otro día en televisión. Como si la “felicidad” fuera lo mínimo a lo que pueda aspirar una persona. Con frecuencia escuchamos expresar este deseo, puede que tú lo hagas con asiduidad o  alguna vez, puede que yo también lo hiciera en algún momento de mi vida. Seguro que fue así. Pero ¿Qué es la felicidad? Según el diccionario de la Real Academia Española en sus 3 acepciones: (1) Estado de grata satisfacción espiritual y física. (2) Persona, situación, objetos o conjunto de ellos que contribuyen a ser feliz, (3) Ausencia de inconvenientes o tropiezos. 

Aspirar a “ser feliz” supone, si nos atenemos a la primera acepción, que algún día llegaremos a vivir con satisfacción espiritual y física. Así. Tal como suena. Un estado en el que estemos a gusto con nuestro cuerpo (¿sin enfermedad?) y con nuestra espiritualidad. Vamos ahora a por la tercera: ausencia de inconvenientes o tropiezos. Es decir, nos esforzamos para que llegue un momento en el que en no lidiar con inconvenientes ni tropiezos.¿En serio, diccionario de la RAE? ¿Quién podrá alcanzar esa tan ansiada y publicitada felicidad entonces? ¿Es la felicidad una quimera? (en este contexto por quimera nos atenemos a la acepción número dos, porque ya lo que nos faltaba si la felicidad fuera un monstruo que vomita).

Y es que la felicidad ha dejado de ser una consecuencia para convertirse en un propósito. La cita de la foto que acompaña a esta entrada continúa de la siguiente manera: Pero si vuelves la atención hacia otras cosas, ella vuelve (la mariposa) y suavemente se posa en tu hombro (…) Ya lo decían los Héroes en aquélla maravillosa canción, Flor de Loto, que era fácil no encontrar lo que se buscaba.

Alguna persona puede decirme que ya sabe que la felicidad así entendida, como lugar hacia donde dirigirnos, como meta, no existe o no es real y que para eso  no hacía falta escribir una entrada en un blog, pero que sí hay que tener momentos felices ,y ser todo lo feliz que se pueda. Y este argumento tiene toda la  lógica del mundo. La cuestión aquí es lo que hacemos para conseguir esos momentos felices y llenos de plenitud.

La búsqueda de algo tan evanescente  y que en una gran parte escapa a nuestro control (es decir buscar la felicidad, ser feliz) puede llevarnos a sentimientos de frustración y desesperación con más facilidad que otra cosa. Todos hemos vivido ejemplos de esto:  Si hay una fiesta a la que nos invitan y hemos dicho “me lo tengo que pasar muy bien, va a ser la noche del año…”  (es paradigmático a este respecto el caso de la nochevieja) es posible que  termine en desastre.  Sin embargo si salimos esa noche, abiertos a lo que el evento pueda depararnos, estando en las conversaciones, en el baile, en las risas, viviendo “el aquí y ahora” en definitiva, es posible que nos sintamos alegres y felices. Porque esa felicidad es el resultado de algo, una consecuencia y no un concepto vacío de contenido. Y si no nos hemos sentido así no pasa nada, otra vez será. Pero monitorearnos continuamente sobre cuán felices somos no es sano y nos introduce cada vez más en nuestra mente,  apartándonos poco a poco de nuestra vida.

 Me parece interesante hacer una analogía, que clarifique más este tema, entre la búsqueda de la felicidad y enamorarse, ya que ambas escapan a nuestro control. Podemos estar predispuestos, hacer planes para conocer gente nueva pero no podemos enamorarnos porque así lo pensemos y deseemos porque eso  trasciende a nuestra voluntad.

En su magnífico ensayo, La euforia perpetua: Sobre el deber de ser feliz, el  filósofo Pascal Bruckner  sostiene la siguiente  tesis:  la felicidad ha pasado a convertirse en una ideología, una obligación, que comenzó en la segunda mitad del siglo XX. No se me ocurre mejor broche de oro para cerrar esta entrada que con sus palabras: “...Sin embargo lo que ha desaparecido no es el sufrimiento; se ha prohibido su manifestación pública (excepto en la literatura). Hay que fingir dinamismo y buen humor, con la esperanza de que al abrir ese grifo la aflicción termine desapareciendo por sí sola (…) Terrible ceguera la de la felicidad, que sólo ve en todas partes su propio reflejo y que aspira a convertirse en la única historia posible.” P. Bruckner (pags. 175-176).

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¡Hasta la próxima semana!